Todos me reclamaban
TODOS me reclamaban
Me decía: “¡Idiota, quédate aquí!”.
Está tibia la cama en el jardín y a tu balcón se asoman los jazmines honor de Europa
El vino sube todo lo sube hasta el Partenón.
Racine dirige todos los árboles rimados y Petrarca sigue siendo de mármol y de oro.
No pude ir sin volver a parte alguna. La tierra me prestaba, me perdía y pronto… tarde ya golpeaba el muro o desde un pájaro me reclamaba, me sentí vagamente tricolor y el penetrante signo del ají, ciertas comidas, los tomates frescos , las guitarras de octubre, las ciudades inconclusas, las paginas del bosque aun no leídas en sus totales, aquella cataratas que en el salvaje Aysén cae partiendo una roca en dos senos salpicados por la blancura torrencial, la luna en las tablas podridas de Loncoche, el olor a mercado pobre, cholga seca, a iglesia, a alerce allá en el archipiélago, mi casa, mi partido, en el fuego de cada día y tu misma sureña, compañera de mi alma, patrona de mis ojos, centinela. Todo lo que se llama lluvia y se llama Patria, lo que te ignora que te hiere y te acaricia a veces, todo eso…
Un humor cada semana más abierto, cada noche más estrellado cada ves más preciso, me hizo volver y quedarme y no volver a partir.
Que sepa todo mundo que por lo menos en mi la tierra me propone, me dispone y me guía…